El set de televisión no era un set; era un claro en el espeso bosque de la incertidumbre nacional donde el tiempo se detuvo exactamente cuando los cronómetros digitales empezaron a devorar los minutos. Las luces, con un fulgor azulino que recordaba a las noches más frías de los Andes, envolvieron a los debatientes. Las palabras no solo se oían; flotaban en el aire como mariposas de papel calado, algunas cargadas de la pesadez del hierro y otras con el perfume de promesas sembradas en el viento. Sin embargo, tras los primeros protagonistas del supuesto contrapunteo verbal, la audiencia se quedó esperando como queriendo llorar. A Dios gracias, llegó el futuro protagonizado por dos jóvenes valores, Rosangella Barabarán y Ernesto Zunini, que aunque no comparten la misma línea ideológica, demostraron que si tenemos futuro para todos los gustos y colores, por los cuales, como dice el dicho, no han escrito los autores. En cuanto a la voz de la experiencia, tuvimos que esperar casi el final del debate, cuando aparecieron en escena Luis Carranza y Pedro Francke, quienes protagonizaron quizás uno de los debates técnicos en materia económica de mayor realismo, donde la magia no dejó de estar presente en una audiencia que no pierde la esperanza de que se le cumplan sus pronósticos.
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