El viento limeño suele ser caprichoso, pero más caprichosos son los vientos que soplan en los muros digitales del Perú. En vísperas de una nueva contienda presidencial, dos titanes de la pantalla viral —cada uno habitando una galaxia distinta del espectro mediático— han decidido lanzar sus cartas sobre la mesa, agitando un avispero de pasiones e incertidumbres. La pregunta flota en el aire, suspendida como la neblina limeña: ¿Ganarán o perderán seguidores tras esta decisión?
Por un lado, el eterno rebelde del periodismo transnacional, Jaime Bayly, destila sus verdades desde la distancia dorada de Miami. Con la elegancia de quien ya lo ha cuestionado todo, Bayly ha dejado clara su postura de izquierda para este proceso, lanzando dardos precisos contra una Keiko Fujimori a quien acusa, sin ambages, de estar perpetuamente obsesionada con el poder. Pero en el universo de Bayly, la gravedad funciona de otra manera. Sus fieles están curtidos en el arte de la provocación; a lo largo de las décadas, el escritor los ha llevado por laberintos de dudas que van desde la alta política hasta sus más íntimas condiciones sexuales. Para él, el escándalo no es un abismo, sino su hábitat natural. Bayly sonríe desde el norte, sabiendo que su audiencia es un mar inmune a los naufragios políticos. Por él, no hay que preocuparse.
La verdadera tormenta se desata en suelo patrio, allí donde la sazón se mezcla con el clamor popular. Edy Morales, el carismático dueño de El Rico Piura, encarna la mismísima esencia del hombre de a pie, aquel que emergió de los estratos más humildes a base de puro punche. Portador del clásico sombrero que en el imaginario colectivo identifica la resistencia andina y la izquierda de Roberto Sánchez, Morales protagonizó un acto de contorsión política digno de una fábula macondiana: ante sus cámaras y seguidores, se despojó del sombrero para anunciar, con voz firme, que su corazón y su voto van directos a la derecha de Keiko.
Aquí el suelo tiembla. A diferencia del blindado Bayly, el hombre del restaurante debuta en estas lides movedizas de la polarización. Las redes sociales, implacables y desprovistas de nostalgia gastronómica, ya destilan amenazas latentes de boicotear sus locales y los populares concursos que cimentaron su fama. En la arena política peruana, la fe popular suele ser un cristal delicado: se premia la lealtad de origen y rara vez se perdona lo que el pueblo interpreta como un cambio de bando. Morales apela al futuro de los niños y a la estabilidad, pero el veredicto del me gusta y del compartir es un juez de pocas pulcritudes. Todo dependerá del domingo 7 de junio próximo, o le caerán todos los sombreros encima para achacarle su derrota o bailarán marinera alrededor suyo. Incluso, más allá del veredicto electoral, tampoco un triunfo naranja le garantiza haber tomado una decisión equivocada, tendrá que esperar los próximos 5 años para ver los frutos de un gobierno promisorio que calme la sed de justicia, seguridad y economía de sus paisanos.
¿Se vaciarán las mesas de El Rico Piura en nombre de la ideología, o la memoria del paladar será más fuerte que el color de una camiseta electoral? ¿Se diluirá el idilio de un pueblo con su caudillo del sabor? La interrogante queda sembrada en el gran tablero digital. Mientras tanto, en los espejismos de Florida, las olas revientan mansas y una sonrisa distante contempla el incendio.
Amanecerá y veremos!
UDI/FUNHI/JCR
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