El tiempo pareció duplicarse sobre sí mismo el domingo 31 de mayo de 2026. La atmósfera, densa y cargada del aroma a sombrero de paja y promesas antiguas, cobijó un ritual que los peruanos conocen de memoria, pero que siempre se siente como la primera vez dentro de su propio laberinto. El Debate Presidencial no fue un intercambio de ideas; fue una puesta en escena de un nuevo contrapunteo entre el pasado y el futuro, entre los que creen representar al pueblo de a pie y los que parecen flotar sobre sus comodidades existenciales.
A un lado, Keiko Fujimori, ataviada con una pulcritud blanca que desafiaba las leyes de la gravedad y de los archivos judiciales mueve las manos como si estuviera tejiendo un manto de "pacificación" invisible sobre un mapa del Perú que solo ella lograba ver con nitidez, un país donde los buses metropolitanos llevaban soldados eternos protegiendo teléfonos celulares de ladrones espectrales.
Frente a ella, Roberto Sánchez sostenía un sombrero blanco que no era un accesorio, sino un talismán de lealtades inquebrantables. Su mirada, esquiva a la lente directa de las cámaras, buscaba en el suelo del escenario las raíces de una Constitución plurinacional que pretendía parir de la nada, un Nuevo Pacto escrito en las líneas de las manos de los quechuas y aimaras que aguardan en los pasadizos del tiempo. Cuando hablaba, su boca entreabierta dejaba entrever el brillo central de sus dientes, un destello que por momentos parecía la única luz real en una noche de sombras cruzadas.
Lo mágico de la velada no estuvo en lo que se propuso, sino en los fantasmas que los candidatos invocaron para que pelearan por ellos. Fujimori trajo al set el espectro de Antauro Humala, un fantasma acusado de asesinar policías que caminaba invisible entre las filas de su oponente. Sánchez, sin quedarse atrás, contraatacó liberando los espíritus de cincuenta compatriotas caídos y las cadenas de Pedro Castillo, cuya lealtad jurada resonaba en las paredes del estudio como un eco venido desde una prisión de máxima seguridad. Dina Boluarte y Mickey Torres también aparecieron en el debate, no en cuerpo, sino como almas en pena citadas para dar testimonio de traiciones y complicidades bajo el amparo de la impunidad parlamentaria.
Los moderadores, convertidos en guardianes de un reloj de arena invisible, trataban de contener un torrente donde las denuncias por extorsión masiva y las condenas judiciales flotaban al mismo nivel que los planes de infraestructura. En el Perú de hoy, donde de cada diez mil denuncias solo cinco se transforman en realidad, el debate se convirtió en un espejo de la propia identidad nacional: un lugar donde la retórica puede fundar imperios o destruir mafias en siete minutos cronometrados.
Al apagarse las luces del set y desvanecerse la transmisión oficial, el país despertó una vez más sabiendo que el 7 de junio las urnas se abrirán no para elegir un destino nuevo, sino para decidir cuál de las dos mitades del mito continuará gobernando sus sueños y sus pesadumbres.
FUNHI/UDI/JCR
Añadir comentario
Comentarios