Perú en el Parlamento de Cataluña: análisis internacional con el Diputado Ernesto Carrión Sablich

Publicado el 23 de mayo de 2026, 23:27

En un rincón de la vieja Europa, allí donde las piedras de Cataluña guardan el eco de mil lenguas y los mapas parecen dibujarse con tinta que cambia de color según sople el viento, ocurrió un diálogo que bien podría haber sido dictado por los cronistas de lo invisible. En las pantallas interconectadas de Eros RTV, Telestar, Surymar y Virtual Televisión, se abrieron de pronto las puertas de un Macondo trasatlántico. Como si el mismísimo hilo del destino se empeñara en tejer un puente de agua entre los Andes peruanos y el Mediterráneo, el periodista Jorge Carrión Rubio convocó a sus pantallas a Ernesto Carrión Sablich; un hombre que ostenta la rara virtud de haber nacido bajo el sol incaico pero cuya firma ahora tiene el poder de inclinar las leyes en el Parlamento de Cataluña.

Dicen los que saben de prodigios que el diputado Carrión Sablich posee una tarjeta de presentación que es, en realidad, un amuleto contra el olvido. En ella no figuran los títulos nobiliarios de la burocracia, sino su propio número de teléfono y su WhatsApp personal, grabados con letras que brillan cuando alguien, al otro lado de la geografía, padece de invisibilidad administrativa. "A los cargos nos pone la gente", parece repetir el diputado, como quien recuerda un antiguo adagio en un hemiciclo de ciento treinta y cinco almas donde solo cinco, como él, llegaron portando en los ojos el destello de mundos lejanos.

Pero el verdadero toque mágico se apoderó de la conversación cuando la mesa de análisis se transformó en un laberinto de espejos legales. Se habló de España como un reino que ha visto sucederse seis grandes oleadas de ordenamiento, seis momentos en que la ley estiró sus manos de pergamino para arrancar de la penumbra a casi un millón de almas. Sin embargo, en este último proceso, el asombro radica en que las viejas ataduras se han disuelto: ya no se exige el papel del padrón ni el contrato formal —esa quimera que en el mundo de los vivos solía exigirle un comportamiento impecable a la economía de las sombras—. Ahora, basta con demostrar que se ha respirado el aire de la península por un puñado de meses para que el Estado, en un acto de justicia poética, otorgue a los niños menores un escudo de legalidad por un lustro entero.

Fue entonces cuando la conversación rozó el misterio de los "pasaportes sin sombra". Surgió la pregunta filuda sobre aquellos migrantes que escapan de reinos caídos, de dictaduras implacables o de repúblicas que han borrado sus propios archivos públicos. Exigirles un papel sellado y apostillado de su origen parecía, hasta ayer, una utopía jurídica; una orden de buscar un fantasma en un cuarto oscuro. Ante esto, el diputado Carrión Sablich reveló el reverso de lo utópico: cuando el solicitante proviene de una tierra donde los registros se han vuelto ceniza, es el propio Gobierno de España el que asume la tarea de buscar el eco de su historia o, en su defecto, permite que un notario traduzca el "arraigo histórico" de sus pasos por la península. Porque en esa Cataluña donde conviven ciento ochenta y dos países, el talento no se mide por la pureza del papel, sino por la solidez de los resultados y la honestidad del empeño.

La entrevista nos deja suspendidos en esa verdad irrefutable que cruza océanos: que quienes cruzan el mar y comienzan de cero no solo llevan nostalgia en las maletas, sino una tenacidad capaz de facturar millones o de sanar vidas en los hospitales en los tiempos más oscuros del virus. La política, nos sugiere este encuentro, deja de ser una ciencia fría cuando se entiende que la migración no es un problema que resolver, sino el tejido imprescindible con el que se está bordando el siglo XXI.

Espejos de dos mundos: La política y sus espectros

Desde el set, la mirada voló inevitablemente de regreso a la convulsa geografía latinoamericana. Al ser consultado sobre el naufragio de ciertos liderazgos en el continente y los colapsos que obligan a miles de almas a cruzar fronteras a pie —como en una penosa procesión que recuerda a las guerras de independencia, pero esta vez sin caballos y con niños en brazos—, el diputado prefirió la lucidez de la socialdemocracia europea antes que los dogmas encendidos. "Aquí el socialismo es otra cosa", aclaró con suavidad, marcando distancia de los regímenes expropiadores del Caribe. Aquí se entiende que la prosperidad es un animal de dos alas: la cooperación pública y la privada. Si un camino solo produce ruinas, la lógica más elemental dicta sentarse a reflexionar y cambiar de rumbo, en lugar de reincidir en el error.

Frente al sombrío panorama de las últimas elecciones peruanas —donde los fantasmas de la desconfianza hacia la ONPE y los amagos de irregularidades en la primera vuelta hicieron que el conductor sugiriera que en Europa el proceso ya habría sido fulminado con la nulidad—, la conversación flotó sobre la necesidad de descentralizar el país, de mirar más allá del muro limeño, tal como el padre del diputado, un médico cajamarquino, le enseñaba de niño mientras recorrían las rutas del Perú profundo.

Hacia el final, la entrevista planteó el dilema del retorno. ¿Puede un hombre que ha alcanzado los altares del Parlamento de Cataluña volver a sembrar su semilla política en el suelo natal? El veredicto de la realidad fue escéptico. El retorno es a veces otro exilio. Quien pasa décadas fuera pierde los hilos invisibles del día a día; se convierte en un extranjero en su propia casa, tal como les ocurre a esos candidatos que regresan de universidades europeas a tentar la presidencia y solo encuentran el sótano de las encuestas y el reproche de los pobladores que les gritan: "A usted no lo conocemos".

Ernesto Carrión Sablich prefiere, por ahora, seguir siendo el puente. Un guardián de su comunidad desde el exterior que, cuando los terremotos o las inundaciones golpean la patria, activa los resortes del socorro mutuo. Su despedida no fue un discurso, sino una sugerencia para los que postulan al poder en el Perú: que cada mañana, antes de salir a prometer el cielo, se miren fijamente al espejo y repitan como una oración: "El Perú es un país hermoso y debo quererlo como realmente se merece". Solo entonces, tal vez, las leyes y los hombres dejen de ser sombras en el paisaje.

PD. También tocamos temas sensibles como el caso Zapatero y su relación petrolera con el Caribe venezolano, Trump y el nuevo orden mundial, entre otros temas.

UDI/FUNHI/JCR

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