En la antigua Lima, ciudad que alguna vez fue el corazón palpitante de América Latina y que hoy se redescubre gracias a la memoria de sus migrantes, se abrió un portal invisible entre lo humano y lo eterno. El Acto de Honor de Fin de Año 2025, organizado por la Fundación Universidad Hispana, no fue solo una ceremonia académica: fue un ritual de resistencia cultural, un canto a la esperanza y un recordatorio de que la vida se prolonga en la palabra y en la memoria.
Los protagonistas:
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Académicos y líderes de Venezuela, España, México, Estados Unidos y Perú se reunieron como si fueran personajes de un mismo mito continental.
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Entre ellos, la decana de la Universidad del Zulia Excma. Diana Romero Larroche, representada por el Excmo. Guillermo Roa, el diputado Ernesto Carrión Sablich, del Parlamento de Cataluña y los distinguidos honoris causa Rosita Luisa Delmar López, Sonia Flores Ojeda, Nélida Juliana Cuayla Cuayla, Miguel Ángel Campos Huamán, Claudio Arce Rivera, Orlando Medina y Luis Emiro Urribarrí Lascarro, quienes recibieron sus investiduras como si fueran coronados por un soplo de eternidad.
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El discurso central del presidente Jorge Carrión Rubio evocó la frontera entre la vida y la muerte, recordando que la existencia no se mide en cuerpos sino en recuerdos, ética y cultura. Fue como escuchar a un viajero que regresa del más allá para decirnos que la voz nunca se apaga cuando se sostiene en la fe.
Los himnos —el del Perú y el institucional de la Fundación— se elevaron como plegarias colectivas. “Nadie en el mundo es extranjero, pues somos hijos del mismo Dios”, resonó como un conjuro que borraba fronteras y convertía la migración en poesía.
La magia se hizo presente cuando los pueblos olvidados, los macondos del siglo XXI, fueron nombrados como si despertaran de un largo sueño. Las “notas migratorias César Vallejo” se transformaron en cartas invisibles que viajaban por el aire, uniendo provincias, países y corazones.
En este acto, los títulos honoris causa no fueron simples diplomas: fueron medallas de memoria, coronas de dignidad, símbolos de resistencia espiritual. Incluido el TUMI DE ORO, otorgado al Excmo. Luis Urribarrí Lascarro, por su ejemplar trayectoria profesional, como muestra de que la ciencia de nuestros ancestros aún no ha sido superada por la tecnología del presente siglo, ya que el mismo representa una pieza quirúrgica que desde tiempos remotos permitía operación craneanas al propio punto del saber. Cada homenajeado se convirtió en personaje de una novela colectiva donde la cultura es la verdadera patria y la solidaridad, su bandera.
Richard Huarcaya, maestro de ceremonias y cantante Como un juglar moderno, Richard fue la voz que hiló los discursos y los himnos. Su canto no fue solo música: fue conjuro, fue viento que llevó las palabras hacia lo eterno. En él, la ceremonia encontró su ritmo, y el acto protocolar se transformó en fiesta espiritual.
ASÍ SIEMPRE HA DE PASAR
Cada reconocimiento fue un acto de magia realista: las medallas se convirtieron en estrellas, los discursos en plegarias, y los aplausos en alas que levantaron a los homenajeados hacia la memoria colectiva. El Acto Honoris Causa 2025 no fue solo un protocolo: fue un Macondo vivo, donde la cultura se hizo resistencia y la esperanza, canción. El Acto fue un puente invisible entre generaciones, un altar donde la palabra se volvió inmortal y la esperanza se hizo carne. En Lima, bajo el eco de Vallejo y Bolívar, se recordó que la vida, incluso en sus momentos más críticos, puede convertirse en poesía y legado. De allí emerge un tema musical a capela: ASÍ SIEMPRE HA DE PASAR, inspirado en el clásico ritmo zuliano de las gaitas de fin de año, que no sólo pone a bailar a más de uno, sino, ¿por qué no?, a echar una que otra lagrimita. ¡Felicidades!
JCR
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