S.O.S. TERREMOTO EN VENEZUELA

Publicado el 24 de junio de 2026, 19:59

Pareciera que el destino, con un sadismo burocrático que asusta, ha decidido que nuestra cuota de sufrimientos no estaba completa. A la estantería de nuestras tragedias —esos anaqueles repletos de promesas incumplidas, de bolsillos vacíos, de una política que devora a sus propios hijos y de un tejido social que se deshilacha cada amanecer—, le faltaba el rugido final. Y a las 18:04 hora local, la tierra, que durante décadas guardó un silencio cómplice bajo nuestros pies, decidió que ya no podía contener más el eco de nuestro caos.

El epicentro, cerca de San Felipe, en Yaracuy, no fue solo una coordenada geográfica; fue el disparo de salida de una pesadilla. Un sismo inicial de 7 grados, seguido casi de inmediato por un latigazo aún más violento de 7.5 cerca de Yumare, convirtió el territorio en una cuna que se mecía con intención de derrumbarlo todo.

Hay algo fuera de lo normal en esta desgracia, una ironía que roza lo insoportable. En Caracas, esa ciudad que vive en una tensión eterna, los edificios se movieron como barcos en medio de un huracán. María Romero, una pensionada de 80 años, tuvo que ser rescatada de su apartamento mientras veía cómo las paredes de su vida se rajaban y los vidrios estallaban. Testigos relatan que en zonas como Los Palos Grandes y Altamira, el paisaje urbano se transformó en una escenografía de escombros y alarmas.

Mientras el tristemente célebre ministro Diosdado Cabello confirmaba el desplome de edificaciones y el despliegue de organismos de seguridad, la modernidad venezolana se apagaba de un tajo: el gas natural, la electricidad y el internet sucumbieron, dejando al país en la oscuridad más absoluta, apenas iluminada por el pánico de quienes corrían, como en Maiquetía, ante la caída de techos y estructuras.

Es como si la geografía misma hubiera decidido cobrarle factura a una nación que vive en un estado de excepción permanente. Mientras la política se debate en el barro de sus propias miserias, la Pachamama nos recordó que, bajo el pavimento y los discursos, sigue habitando una furia volcánica. El sismo no solo sacudió a Yaracuy, Trujillo, Carabobo, Miranda y La Guaira; sacudió la fragilidad de nuestra existencia. Ahora, la amenaza se extiende más allá de nuestras fronteras: la alerta de tsunami para Venezuela, Aruba y Bonaire, junto a los avisos preventivos en Puerto Rico, nos recuerda que el sufrimiento de esta tierra ha dejado de ser un asunto interno para convertirse en un grito que resuena en todo el Caribe.

¿Qué nos queda tras este día de furia? La incertidumbre, esa vieja compañera de alcoba. Los edificios en Caracas se han desnudado, mostrando sus grietas como cicatrices de una nación que ya no podía sostenerse a sí misma. El sismo no nos ha sorprendido, nos ha confirmado. Porque en este país, donde lo absurdo es el pan de cada día, ya nada debería extrañarnos: ni que la política sea una farsa, ni que la tierra, harta de nuestra desidia, decida finalmente desplomarse.

Estamos, una vez más, ante el vacío. Y lo único que nos mantiene en pie no es la solidez de nuestras estructuras —porque las imágenes de Caracas nos han mostrado que son polvo—, sino esa capacidad casi sobrenatural, casi mágica, de seguir caminando sobre los escombros, intentando encontrar la calma en medio de una réplica que, como el destino de este país, parece que nunca terminará de suceder.

UDI/FUH/JCR

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