En el Perú, la democracia nunca ha sido una ciencia exacta; es, más bien, un ritual de trances, un juego de espejos donde los números bailan al ritmo de lo impredecible. A la luz de los datos oficiales de la ONPE, el país se encuentra una vez más suspendido en ese limbo místico donde el futuro de la Presidencia de la República no se decide en la estridencia de las calles, sino en el silencioso y agónico retorno de las actas perdidas.
Hasta el momento, con el 95.8% de las actas escrutadas, el candidato Roberto Sánchez sostiene una ligerísima e ilusoria ventaja de apenas 25 mil votos. Un suspiro. Un puñado de voluntades en un universo de 27 millones de almas. Las encuestadoras como Ipsos ya lo habían advertido bajo el manto técnico del "empate": un margen de error del 1.9% frente a una diferencia real de seis décimas es la forma matemática de decir que el destino ha lanzado una moneda y esta se ha quedado girando, suspendida en el aire, negándose a caer.
Sin embargo, detrás del espejismo de la ventaja actual de Sánchez, la geografía electoral esconde un arsenal de votos latentes que parecen destinados para favorecer el avance de Keiko Fujimori. La clave del desenlace descansa en Mil 537 actas observadas que aguardan el dictamen místico de los Jurados Electorales Especiales. Como si de un diseño caprichoso se tratara, 914 de estas actas pertenecen a Lima, una región donde la candidata de Fuerza Popular duplica las fuerzas de su rival, ostentando un 63% de los votos contra un 36% de Sánchez. Si estas actas en suspenso imitan el comportamiento de sus miles de vecinas ya contadas, inyectarán un torrente de votos naranjas que podría desvanecer la ventaja del candidato de izquierda.
Pero el verdadero toque de misterio cruza las fronteras. En los cielos del mundo viajan las actas del extranjero, resguardadas bajo el celo físico y arcaico de las valijas diplomáticas, pues la modernidad electrónica no tiene permitido tocar estos sufragios. Con apenas el 25% de este voto exterior contabilizado, Fujimori mantiene una hegemonía del 65% frente al 34% de Sánchez. Si el mundo exterior se comporta de la misma manera que ese primer cuarto ya revelado, la balanza matemática inclinará irremediablemente la victoria hacia el fujimorismo.
A pesar de que las proyecciones estadísticas y los cálculos internos señalan una alta probabilidad de remontada para Keiko Fujimori, en el Perú todo veredicto definitivo es condicional. No existen certezas absolutas, ni cocinas secretas, ni fraudes fantasmagóricos proferidos por la pasión de los partidarios. Lo que existe es un país fracturado visiblemente en dos mitades perfectas y opuestas: un mapa teñido de naranja en Lima y la costa norte, enfrentado a una muralla verde que domina el sur, el centro y la sierra del país.
Roberto Sánchez aguarda con la tranquilidad de quien se siente ganador por haber desafiado las leyes de la gravedad política sin recursos ni maquinaria mediática. Keiko Fujimori espera su momento más cercano a la victoria en años de fracaso tras fracaso electoral, empujada por el goteo constante de los consulados lejanos. Mientras las valijas diplomáticas terminan de aterrizar en suelo peruano y los jueces resuelven la suerte de las mesas observadas, el país debe guardar la respiración. En este rincón del mundo, donde los votos viajan en maletas de cuero cruzando océanos y donde una diferencia minúscula puede cambiar la historia, nada está dicho hasta que se cuente el último suspiro depositado en las urnas.
Cuando caiga, el resultado final será tan estrecho que parecerá un capricho del destino, obligando al ganador a gobernar un país partido simétricamente a la mitad, donde la única certeza es que los mitos del fraude se disolverán ante el peso incontestable de las actas físicas.
UDI/FUNHI/JCR
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