La última noche, como todas, solía ingresar al baño para miccionar y luego hacerme un enjuague bucal. Pero esta vez, en cuanto me dispuse a hacerlo, sentí una presión ancestral tras los ojos. No era un extraño líquido lo que salía de mis fosas nasales; era la esencia misma de una estrella moribunda. Era sangre tan roja que el espejo, incapaz de reflejar tal intensidad, comenzó a agrietarse en patrones de constelaciones desconocidas. El líquido no obedecía a la gravedad; caía hacia el techo o se arremolinaba en el aire formando pequeños agujeros negros que absorbían la luz del bombillo.
Intenté detener el sangrado, pero era como intentar contener el Nilo con las manos. Evaluaciones posteriores indicarían que no era para tanto, pero para alguien no acostumbrado a ver sangre ajena, lo peor era ver la suya. Ninguna postura humana servía, pues la hemorragia no provenía de mis venas, sino de una grieta en el tejido de mi propia existencia. Me coloqué un poco de papel higiénico, que al contacto con la sangre se transmutó instantáneamente en pétalos de rosa negros y pesados, en cada fosa nasal. Erguí la cabeza y me vi al espejo: mi reflejo no parpadeaba, me observaba con una lástima infinita mientras procedí a limpiar cualquier huella de mi tragedia para no preocupar a mis hijos.
No quería alarmarlos, pese a ser consciente de que el eclipse final estaba llegando. Los médicos, con sus voces de ceniza, me lo habían anunciado: "Recuerde que lo que usted tiene es una enfermedad terminal, de la que pocos son los que vuelven o se salvan. Tiene que poner mucho de su parte si no quiere irse". Quizás esa última frase era el ancla metafísica que me mantenía en pie. Puse tanto de mi parte que, al salir del baño, mi cuerpo emanaba una tenue luminiscencia azul que mi hijo menor pareció no notar, o quizás ya estaba acostumbrado a mis anomalías.
Al contarle el cuadro de apuro, el tiempo en la sala se ralentizó. Vi caer la gota de agua del grifo en cámara lenta durante minutos. Mi hijo, con movimientos grabados en la piedra del destino, me ayudó a tomar las pastillas. Evitamos el dramatismo, pero sus gestos revelaban una verdad que él creía oculta: yo podía ver sus pensamientos flotando sobre su cabeza como nubes de tormenta, intuyendo una preocupación que hacía vibrar las paredes de la casa.
Atravieso esos días donde estoy a punto de sentarlos a todos y decirles que la realidad se está deshilachando, que deben estar preparados para que su padre se convierta en polvo de estrellas o en un recuerdo vívido que camina entre ellos. Y como de lo bueno no hay por qué preocuparse... casi siempre acertamos al pensar así. Pero en mi caso, mi silencio era una supernova contenida, una agonía tan vasta que hacía que las plantas de la casa se marchitaran y revivieran en ciclos de segundos a mi paso.
Tras controlar el sangrado cósmico, me recosté. Pasé la noche en blanco, no esperando el amanecer, sino impidiéndolo con la mirada para que el tiempo no avanzara hacia el hospital. Creo que me llegó la mañana pensando en las coordenadas que debía darle a mi hijo, el nuevo atlas de la casa. Pero no tuve el valor; las palabras se convertían en mariposas de piedra en mi garganta y caían pesadamente sobre la almohada.
Amanecí de golpe cuando el celular emitió un sonido que no era un tono, sino el grito de un heraldo antiguo. Nos lavamos presurosos. Mi hijo me recordó que el Dr. Campos nos esperaba a las 10:00 a.m.
Al pensar en el Dr. Campos, sus 84 años no eran tiempo humano. Cuando lo vi, su aura era un roble milenario. Me di cuenta de que, por situaciones de una magia burocrática y divina, él era, en efecto, mi padre y el abuelo de mi hijo. Había habitado tantas vidas que la muerte le tenía respeto. Para él, realizar un reclamo no requería gritos; su sola presencia hacía que la temperatura de la oficina del Director del Hospital bajara diez grados.
El Director, un hombre joven cuyo rostro cambiaba sutilmente cada vez que parpadeaba, se vio obligado a tomar cartas en el asunto ante el octogenario humano reclamo. Ordenó que la tomografía se realizara a la brevedad. Descubrimos que la demora era inhumana, era una entidad viva: los pasillos del hospital se alargaban y acortaban a voluntad, y las camillas con pacientes "recomendados" se materializaban de la nada, bloqueando el paso con una densidad ontológica imposible de romper. El Director, usando un sello que brillaba con fuego fatuo, logró perforar esa realidad corrupta. Aún así, la orden equivalía a esperar un par de días más, un par de millones en mi cronología interna.
En medio de dolores que hacían vibrar los huesos de los edificios colindantes, pasé a la cita oncológica con mi padre-médico, el Dr. Campos. Allí la Dra. preguntó con voz de cristal: "¿Y Ud. quién es?".
—Soy el Dr. Miguel Campos —respondió él, y al decirlo, su voz resonó como si hablara dentro de una catedral vacía—, y vengo a acompañar aquí a mi amigo periodista con más de 30 años en el Caribe y a su menor hijo, que también sigue sus pasos periodísticos.
La Dra. comenzó a explicar la quimioterapia. En una pausa, tras escuchar las verdades demoledoras del Dr. Campos sobre la desidia del área hospitalaria para con sus pacientes, ella interrumpió: "Ud., Dr., como profesional del derecho sabe cómo andan nuestras leyes...".
El Dr. Campos sonrió, y su sonrisa detuvo el segundero del reloj de la pared. "No soy abogado, colega. Soy médico". El mundo pareció encajar de nuevo. Ella asintió y la realidad se estabilizó por un momento en una tregua de amistad en medio del dolor universal.
Terminé en la zona del tratamiento del dolor. Allí, la medicina dejó de ser química para volverse ritual. Una sonda de suero que transportaba luz líquida, un inyectable, una dexametasona y una camilla que levitaba a unos centímetros del suelo fueron testigos del punto final. Tuve que pedirle a mi hijo que me hiciera una foto contra mi voluntad ante un mensaje de cobros que exigía pruebas de mi estado de salud. Como el texto que había enviado era insuficiente, recurrí a la imagen. Para este cuento corto, transformé mi foto en un "cartoon"; es la única forma en que la realidad puede digerir lo que estoy viviendo sin romperse.
Sin proponérmelo, me di cuenta de que la tinta de mi nariz había empezado a escribir un nuevo libro, a pedido de un público que habita en otras dimensiones, la continuación del libro VIDA MÁS ALLÁ DE LA VIDA... Gracias por leerme amigos, desde este lado del espejo.
JCR
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