ARGENTINA: no hay VAR que dure mil años, ni fanaticada que lo resista.

Publicado el 12 de julio de 2026, 11:54

La clasificación de Argentina a las semifinales de la Copa del Mundo ha desatado, una vez más, la tormenta perfecta en el ecosistema del fútbol. Entre la euforia de los hinchas albicelestes y la indignación de sus detractores, el debate ya no gira en torno a la táctica o el rendimiento físico, sino sobre el arbitraje, el uso del VAR y la legitimidad de un equipo que avanza sin convencer a todos por igual. Argentina se encuentra en medio del drama shakespeariano de ser o no ser, cual Hamlet, y terminar de demostrar que "no hay VAR que dure mil años, ni fanaticada que lo resista". Todo indica que tendrá que aclarar toda esta polémica frente a uno de sus enemigos históricos, más allá incluso del deporte de las multitudes: Inglaterra.

Por un lado, el sector más crítico califica el trayecto argentino como una cadena de favores y polémicas reglamentarias. Desde los apuros iniciales ante Argelia hasta la reciente expulsión de Breel Embolo en el cruce contra Suiza, los escépticos ven una "mano negra" o un diseño institucional para estirar la vigencia de Lionel Messi en el torneo. Para ellos, el VAR —concebido para impartir justicia— se ha convertido en una herramienta que alimenta la sospecha, argumentando que el equipo suizo, con once jugadores en la cancha, habría tenido un destino muy diferente. Bajo esta perspectiva, la semifinal ante Inglaterra se presenta no solo como un partido de fútbol, sino como la hora de la verdad donde se terminará cualquier supuesta ventaja.

Por otro lado, los defensores de la legalidad del juego y el entorno del arbitraje profesional sostienen que la polémica es artificial y carece de sustento técnico. La intervención del VAR en la segunda tarjeta amarilla a Embolo se ajustó estrictamente al reglamento: corregir un error de identidad y sancionar la simulación del delantero suizo, salvando al argentino Leandro Paredes de una amonestación injusta. Desde esta postura, buscar conspiraciones en la aplicación correcta de las normas del juego es ignorar cómo funciona la tecnología actual. Quienes apoyan este argumento señalan que el malestar responde más al resentimiento hacia la figura de Messi —quien a sus 39 años sigue rompiendo récords de partidos, goles y asistencias— que a fallos arbitrales reales.

Lo cierto es que Argentina está entre los cuatro mejores con un fútbol que, si bien puede parecer inferior en volumen de juego al de potencias como Francia, España o Inglaterra, ha demostrado el oficio y la contundencia necesarios para superar cada fase. Los matices extrafutbolísticos, el folclore de la rivalidad histórica con los ingleses y el eterno debate sobre el arbitraje siempre acompañarán a los grandes triunfos. Al final, el miércoles sobre el césped se disipará el humo de los discursos: allí se verá si la selección argentina tiene los argumentos futbolísticos para emular sus glorias pasadas o si Inglaterra confirmará el favoritismo que muchos hoy le asignan.

Seguirá Messi haciendo uso de las licencias extremas que hasta el momento ha gozado: dedos acusadores y enfrentamiento directo cara a cara con árbitros cabizbajos, patadas de expulsión perdonadas no sólo por el cuerpo arbitral sino por el tristemente célebre VAR. Por el bien del fútbol, creemos que nada de eso necesita el mejor jugador de este mundial norteamericano. Al contrario, a Messi le hace falta un duelo limpio, sin consultas tecnológicas extremas que lo que hacen es poner en duda sus inobjetables triunfos. Ese sería el mejor regalo del próximo duelo entre Argentina e Inglaterra, camino a una final limpia y diáfana contra Francia o España.

¡Amanecerá y veremos!

JCR

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