No pensé comenzar a escribir acerca del Mundial de Fútbol 2026, viéndolo literalmente morir, tal y como lo conocíamos, es decir, sin esos cuatro tiempos publicitarios, con presencias hegemónicas de una publicidad suprema donde hasta reyes, sultanes y jefes de Estado, se mueven en las tribunas de Canadá, Estados Unidos y México, cual agentes de Wall Street. A estadios llenos y con precios exorbitantes todo parece indicar que hay un excedente económico que se atreve a hacer de este deporte, un nuevo circo romano donde un frío antinatural recorre las nubes del firmamento futbolero.
Allí donde el pasto es siempre eterno y la pelota nunca se pincha, los espíritus de los próceres sienten un escalofrío de oficina. Pelé rasguea su guitarra con desgano, incapaz de entender en qué momento el juego que él bautizó "bonito" se transformó en un código civil de quinientas páginas. A su lado, Diego Maradona aprieta los puños, con las venas del cuello a punto de estallar de furia celestial, mientras Franz Beckenbauer y Johan Cruyff, que solían ajedrezar el campo con la mente, miran con desprecio los cronómetros digitales de los burócratas de la FIFA. Más allá, Hugo Sotil, el "cholo" del Barsa, suspira con nostalgia de callejón y César Luis Menotti fuma un cigarrillo invisible, envuelto en el humo de la decepción: el fútbol, tal como lo parió la tierra, está en peligro de muerte por asfixia reglamentaria.
Lo que se vive en la cancha no es solo un partido; es el nacimiento de un deporte nuevo, un híbrido estéril nacido en los escritorios de Zúrich. Cuando taparse la boca en el fragor de una discusión —ese acto reflejo y humano de proteger la intimidad del reclamo— se castiga con una tarjeta roja directa, el reglamento ya no busca imponer orden: busca extirpar la sangre. Están penalizando el alma. Quieren robots de porcelana en un teatro de cristal, olvidando que el fútbol es, en su esencia más pura, fricción, disputa, demostración de coraje y templanza.
La tiranía del cronómetro y la paradoja de la injusticia
La obsesión por normativizar el latido del corazón humano está quebrando la lógica del juego. Se habla de darle dinámica al espectáculo, pero se cae en contradicciones absurdas que lindan con la crueldad:
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Los 5 segundos fantasmas: Explicaron a los entrenadores en Washington que el reloj corría cuando el jugador tomaba el balón para el lateral. Hoy, el cronómetro corrió desde que la pelota cruzó la línea. Una trampa invisible.
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El castigo al lesionado: Un arquero con el tobillo inflamado y destrozado no puede recibir atención porque su equipo va ganando. Se confunde la picardía con la emergencia médica.
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El exilio del minuto y medio: La regla dice que el jugador que sale lesionado debe esperar un minuto afuera. Pero si la pelota no sale, el castigo se estira por tres minutos interminables. Jugar un partido de Mundial con dos hombres menos por el pecado de recibir una patada no es justicia; es un despropósito reglamentario.
"Nos aplican el decálogo completo, de la primera hoja hasta la última. Nos estamos volviendo reglamentaristas y el reglamento nos está tapando el sol con las manos."
El fútbol que nos quieren robar
El peligro no es perder un partido; el peligro real es que los estadios perfectos y las canchas de césped extraordinario se conviertan en escenarios de una obra de teatro sin emoción. Hoy los futbolistas ya no juegan para superar al rival con la perspicacia y la viveza bien entendida; juegan aterrados, mirando de reojo al VAR, calculando si una pestaña en una pelota parada será interpretada como una cortina ilegal.
Si un equipo va a quedar eliminado de una Copa del Mundo, si los sueños construidos con base en el sacrificio y el sentido de pertenencia se van a romper, que sea porque el rival fue mejor. Que gane Turquía o Australia, Cabo Verde o Curazao, porque superaron en cancha al rival, no porque un burócrata inventó un segundo de demora en un córner inexistente.
Los muertos ilustres en el firmamento no se van a quedar quietos. Esas nubes se están desestabilizando porque el fútbol está perdiendo su aroma a barrio. Contra esta deshumanización del juego hay que pelear. Con los argumentos que queden, con el corazón en la mano, pero está prohibido quedarse sentados viendo cómo matan el deporte más hermoso del mundo bajo el peso de un frío e implacable manual de instrucciones.
JCR
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