Venezuela, la tragedia detrás de la tragedia

Publicado el 26 de junio de 2026, 4:35

Hay momentos en los que intentar no politizar una tragedia parece sensato. Pero también hay momentos en los que callarse sería una forma de encubrir lo evidente. Y lo evidente aquí es brutal: no solo ocurrió un desastre, también quedó expuesta una vez más la ruina institucional de un país abandonado por quienes se suponía debían responder.

Lo que ha pasado en Venezuela en estas horas no se puede reducir a una desgracia natural. También es una radiografía de un poder que desaparece cuando la gente más lo necesita. Esa es la parte que no se puede suavizar.

La historia que terminó simbolizando todo

Entre las imágenes difundidas durante más de veinte horas por el periodista Roman Camacho, una historia golpeó con especial fuerza. La de Amir Infante, un joven que permaneció atrapado durante largas horas bajo una estructura colapsada, con parte de su cuerpo inmovilizada entre los escombros.

Las primeras imágenes de su caso comenzaron a circular y rápidamente se hicieron virales. No era difícil entender por qué. Allí estaba, en medio del desastre, resistiendo durante más de doce horas, mientras el país entero se hacía una pregunta insoportable: ¿Dónde estaban los equipos de rescate?

Después llegó la actualización más dura. Tras cerca de veinte horas desde el colapso, se informó que Amir había fallecido. Y lo más grave no fue solo la noticia de su muerte, sino el contexto en que ocurrió: seguían sin llegar los cuerpos de rescate.

La pregunta que nadie debería tener que hacer

Cuando una persona pasa tantas horas atrapada bajo un edificio y la ayuda no aparece, ya no estamos hablando solo de una emergencia. Estamos hablando de una ausencia total del Estado.

La pregunta surge sola y con rabia: ¿Dónde estaban las autoridades competentes? ¿Dónde estaban los militares? ¿Dónde estaban los organismos que se llenan la boca hablando de soberanía, orden, control y defensa del país, pero que no aparecen cuando hay que salvar vidas entre escombros?

Porque si un aparato estatal presume fuerza, recursos y presencia, esa presencia tiene que notarse en el instante más crítico. Tiene que verse cuando hay ciudadanos atrapados, familias desesperadas y minutos que separan la vida de la muerte.

Y aquí lo que se vio fue exactamente lo contrario: abandono, lentitud, silencio y ausencia.

Un poder que sirve para oprimir, pero no para proteger

La indignación no nace solamente del dolor por una vida perdida. Nace también de una constatación que lleva años acumulándose en Venezuela: las estructuras del poder parecen estar siempre disponibles para controlar, intimidar, perseguir o extorsionar, pero rara vez para servir de verdad al ciudadano común.

Ese contraste revienta en la cara durante una tragedia. Ahí es cuando se vuelve imposible seguir fingiendo que se trata solo de ineficiencia aislada o de un error puntual.

Cuando la maquinaria del Estado aparece con rapidez para reprimir, pero no para rescatar, lo que queda en evidencia es una prioridad moral podrida.

  • No hay capacidad de reacción cuando la población queda bajo los escombros.
  • No hay presencia efectiva cuando cada minuto cuenta.
  • No hay liderazgo visible en medio de la emergencia.
  • No hay sentido de responsabilidad hacia la gente común.

La diferencia entre una tragedia natural y una tragedia política

Un desastre natural puede ser inevitable. Un derrumbe, una emergencia climática o un evento catastrófico pueden ocurrir sin previo aviso. Pero la respuesta institucional posterior sí depende de decisiones humanas, de preparación, de prioridades y de la calidad real del gobierno.

Ahí está el punto central. Una cosa es el fenómeno que golpea. Otra muy distinta es la forma en que las autoridades reaccionan después.

Eso es precisamente lo que hace esta situación tan grave. Porque aquí no solo hubo una catástrofe. También hubo una respuesta tan pobre, tan deficiente y tan casi inexistente, que termina convirtiéndose en una segunda tragedia.

Y esa segunda tragedia sí tiene responsables.

La pregunta incómoda sobre quién merece ser rescatado

Hay una idea que duele porque retrata crudamente la jerarquía real del poder. Si la persona atrapada hubiera sido una figura alta del régimen, ¿Cuánto habría tardado en activarse un operativo completo? ¿Minutos? ¿Una hora? ¿Un despliegue total?

La sospecha es devastadora porque revela cómo funciona el país desde hace años: no todos valen lo mismo para el poder. El ciudadano de a pie queda al final de la fila, incluso cuando se está muriendo bajo concreto.

Eso es lo que vuelve esta historia tan simbólica. No se trata solo de Amir Infante. Se trata de una nación entera a la que han hecho sentir, una y otra vez, que su vida importa menos.

Esto no es una excepción, es un patrón

Lo ocurrido no aparece de la nada. Es la expresión concentrada de casi tres décadas de este tipo de régimen militar. Años de destrucción institucional, de abandono progresivo, de corrosión de capacidades básicas del Estado y de desprecio por la vida cotidiana del venezolano común.

Cuando se observa esta respuesta desastrosa, lo que se está viendo en pequeño es el resumen del manejo del país en grande.

El patrón ha sido siempre el mismo:

  • abandono en los momentos más difíciles,
  • incapacidad o desinterés para atender al ciudadano,
  • propaganda en lugar de soluciones,
  • y un poder más comprometido con conservarse que con servir.

Por eso hay quienes insisten en que no se puede tratar al régimen actual como si simplemente hubiera tenido buenas intenciones y hubiese fallado por accidente. Esa lectura se queda corta. Aquí no solo hay fracaso. También hay desidia, indiferencia y una renuncia práctica a la responsabilidad.

Por qué esto no debe olvidarse

En países golpeados durante tanto tiempo, existe la tentación de normalizarlo todo. La escasez se normaliza. El colapso se normaliza. La corrupción se normaliza. Incluso la ausencia del Estado en medio de una emergencia puede terminar pareciendo parte del paisaje.

Eso es precisamente lo que no se puede permitir.

Lo ocurrido debe quedar grabado en la memoria colectiva, no por morbo ni por cálculo, sino por responsabilidad histórica. Porque los pueblos que olvidan cómo fueron abandonados terminan repitiendo a quienes los abandonaron.

Recordar no es quedarse anclado en el dolor. Recordar es construir una advertencia. Es poder decirles a las próximas generaciones cómo se llegó hasta aquí, quién tenía el poder cuando el país colapsaba, y por qué nunca se debe volver a entregar el destino nacional a un proyecto político que demostró desprecio por su propia gente.

Contárselo a los hijos, a los nietos, a todo el que venga después

La memoria importa porque ordena moralmente el pasado. Sirve para distinguir entre error y crimen político, entre incapacidad y abandono, entre tragedia inevitable y negligencia imperdonable.

Por eso hace falta contar estas historias una y otra vez. No para vivir en el resentimiento, sino para que nadie maquille lo ocurrido. Para que no aparezca luego una versión lavada de los hechos diciendo que se hizo lo posible, que se intentó responder o que las circunstancias superaron a las autoridades.

Cuando un joven pasa casi veinte horas atrapado y muere sin que lleguen a tiempo los rescatistas, no estamos ante una anécdota menor. Estamos ante una prueba brutal de cómo funciona un sistema entero.

Una lección dolorosa sobre el futuro de Venezuela

Esta tragedia deja una conclusión amarga pero necesaria. Venezuela no solo necesita reconstrucción material. Necesita una reconstrucción ética, institucional y política profunda. Necesita un país donde la vida del ciudadano común no dependa del azar ni de su cercanía al poder.

También necesita una memoria clara. Una memoria que no relativice. Que no excuse. Que no confunda costumbre con normalidad.

Porque cuando se dice que a ciertas estructuras políticas no se les puede abrir espacio de nuevo, no se está hablando desde el capricho. Se está hablando desde el historial. Desde los años de abandono. Desde la prueba concreta de lo que ocurre cuando más se necesita un Estado y ese Estado simplemente no aparece.

Que nadie olvide quién gobernaba cuando esto pasó

Al final, eso es lo esencial. En medio del dolor, de la impotencia y de la rabia, hay algo que no debe perderse: la claridad.

Hubo un desastre. Pero también hubo un gobierno. Hubo víctimas. Pero también hubo responsables de no responder. Hubo ciudadanos atrapados. Pero también hubo poderosos ausentes.

Y esa diferencia importa.

Ojalá Venezuela encuentre consuelo, fuerza y justicia. Ojalá también encuentre memoria. Porque un país que recuerda con honestidad está mejor preparado para no repetir sus peores errores.

UDI/FUH/JCR

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