EL COMPADRE

Publicado el 30 de noviembre de 2025, 0:39

Dicen las canciones que cuando el compadre se muere, los ríos crecen y las mujeres lloran. Pero en Caracas, el compadre no se muere: se reinventa como flauta humana, desafinada, soplando discursos huecos que suenan más a viento que a música.

Maduro aparece en la partitura como Nico Sadám, primo lejano de Noriega y Gadafi, heredero de una orquesta de dictadores que ya dieron su último concierto. Ellos, caídos en escenarios de arena y selva, forman ahora un coro espectral que acompaña desde el más allá. Bin Laden tararea, Soleimani marca el compás, y Gadafi improvisa un solo de silencio eterno.

Mientras tanto, el compadre venezolano insiste en cantar en Cuba, en Caracas, en cualquier esquina donde haya micrófono y aplauso alquilado. “Vivito y coleando”, repite la canción, aunque la realidad lo pinta más bien “vivito y llorando”, atrapado en un escenario donde los reflectores ya no iluminan, sino queman.

El realismo mágico hace su entrada: los aviones caen como lluvia, los ríos se desbordan de lágrimas, y las mujeres, cansadas de tanto llanto, sueñan con volver a bailar sin miedo. El compadre, sin embargo, sigue tocando su flauta humana, convencido de que la música puede tapar el ruido de las ollas vacías.

Pero la ironía es cruel: cada nota que sopla lo acerca más al coro de los compadres que ya partieron. La canción dice “hay compadre para rato”, pero el público sabe que el bis será breve. El telón se prepara para caer, y cuando caiga, no habrá aplausos, solo un silencio que suena más fuerte que cualquier discurso.

FUNHI

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