En el crisol literario de Macondos del Siglo XXI, cinco autores de distintas geografías nos ofrecen una cartografía emocional que desafía los límites del lenguaje y la razón. Desde Chile, Venezuela, España, Uruguay y El Salvador, sus textos no solo dialogan entre sí: se interpelan, se contradicen, se abrazan. Son fragmentos de un Macondo expandido, donde la poesía, la locura, el deseo, la injusticia y la memoria se entrelazan como venas de un mismo cuerpo.
Carla Andrea Zapata (Chile) – El Macondo de la poesía
Zapata nos invita a un Macondo que no es lugar, sino pulsión. Su texto es una celebración de la palabra como refugio y resistencia. La poesía, en su voz, no es ornamento: es médula. Hay ecos de García Márquez, sí, pero también una voluntad de emancipación. Su Macondo no se repite: se reinventa. Es un espacio donde la emoción no teme al exceso, y donde la inteligencia se mide por la capacidad de sentir.
Carla Candia Casado (Venezuela) – Pobre loca
Candia Casado nos entrega un retrato desgarrador de la marginalidad emocional. “Pobre loca” no es solo una mujer: es el símbolo de todas las subjetividades que el mundo racional ha excluido. Su texto es un grito contenido, una denuncia poética que convierte la locura en lucidez. En su prosa, la locura no es patología: es resistencia. Es el derecho a sentir sin permiso.
Joaquín del Palacio (España) – Desear, desear
Del Palacio escribe desde la entraña del deseo, pero no del deseo domesticado. Su texto es una exploración de lo que arde, de lo que no se puede nombrar sin perder el control. Hay una tensión entre lo que se quiere y lo que se permite querer. Su Macondo es íntimo, casi clandestino. Y sin embargo, universal. Porque todos deseamos. Y todos tememos desear.
Enzo García (Uruguay) – Hurtos en la clase alta
García rompe el hechizo. Su texto es un bisturí que disecciona la hipocresía de las élites. En su Macondo, el robo no es delito: es privilegio. Hay ironía, sí, pero también una furia contenida que convierte la sátira en denuncia. Su narrativa nos obliga a mirar donde no queremos: en los salones dorados donde la emoción se disfraza de indiferencia.
Lisandro Sosa (El Salvador) – Izalco y su corazón
Sosa cierra el círculo con un texto que es memoria y volcán. Izalco no es solo un lugar: es un corazón que late con la historia de un pueblo. Su escritura es telúrica, ancestral, profundamente emocional. Nos recuerda que la tierra también siente, y que la literatura puede ser un ritual de sanación. Su Macondo es raíz, es fuego, es abrazo.
Un Macondo sin fronteras
Estos cinco textos configuran un Macondo plural, donde la emoción no es debilidad, sino fuerza. Donde la inteligencia no se mide por algoritmos, sino por la capacidad de conmover y ser conmovido. En tiempos de inteligencia artificial, estos autores nos recuerdan que la literatura sigue siendo el último refugio de lo irreductiblemente humano.
UDI/FUNHI/JCR
PD. Darle click al link para leer los textos enviados al concurso:
85) Pobre loca
86) Desear, desear
Añadir comentario
Comentarios