En esta edición del concurso literario Macondos del Siglo XXI, organizado por la Fundación Universidad Hispana, tres voces singulares han resonado con fuerza desde México y Argentina, reafirmando nuestra cruzada por la inteligencia emocional frente a la inteligencia artificial. Montserrat Cornejo, Aarón Becerril y Mariela Terán han tejido relatos donde lo humano se desborda, y lo más allá de lo humano —lo animal, lo vegetal, lo acuático— se convierte en símbolo de resistencia, memoria y ternura.
Aarón Becerril, desde México, nos sumerge en la conciencia de un pez que narra su captura con una lírica que recuerda a Rulfo y a Revueltas. Su texto, “Y me clavaron un bielgo cerca de la orilla”, transforma el río en archivo emocional y convierte la muerte en tránsito hacia lo eterno. El cardumen, los lirios, la corriente: todo vibra con una sensibilidad que ninguna máquina podría simular.
Montserrat Cornejo, también mexicana, en “Intimidad política”, convierte la poesía en manifiesto. Sus versos son salmos urbanos, credos latinoamericanos, ladridos nocturnos. La voz lírica se desdobla entre la madre patria y la madre real, entre la calle y la cama, entre el colibrí y el sicario. Su escritura es un grito íntimo que se vuelve colectivo, una plegaria que exige justicia sin perder la ternura.
Mariela Terán, desde Argentina, nos regala a Tito, el gato que observa, acompaña y ronronea en medio de una familia fracturada. En “No quemes los puentes”, Tito no es solo un animal doméstico: es testigo silencioso, cómplice emocional, y metáfora de lo que permanece cuando todo se desmorona. Su presencia conecta los relatos de Becerril y Cornejo, donde también aparecen seres no humanos —peces, colibríes, perros— que encarnan lo que la inteligencia emocional sabe y la artificial aún no comprende: el dolor, la lealtad, el duelo.
Tito, el gatito argentino, se convierte así en el emblema de esta edición. No por su protagonismo explícito, sino por lo que representa: la mirada que no juzga, el ronroneo que consuela, la constancia que sobrevive al ruido, al abandono y a la pérdida. En estos relatos, los animales no son decorativos: son portadores de sentido, guardianes de lo emocional, testigos de lo que no se dice.
En tiempos donde los algoritmos prometen replicar la emoción, estos textos nos recuerdan que la literatura sigue siendo territorio de lo irrepetible. Que el deseo, el duelo, la ternura y la memoria no se programan. Que Macondo no es solo un lugar, sino una forma de mirar el mundo. Y que mientras haya un pez que recuerda el río, un colibrí que canta en la noche, o un gato que ronronea en silencio, la inteligencia emocional seguirá ganando la batalla.
UDI/FUNHI/JCR
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