Regresé a Querobamba para saldar una deuda íntima. No fue un retorno turístico ni una búsqueda de fama. Volví porque había un hueco en mi pecho que sólo se llenaba al volver a la casa de adobe y teja, al patio donde mi madre caminaba, al huerto que ella cuidaba. Ese retorno tiene la misma lógica que la poesía de César Vallejo: la ausencia que persiste, la memoria que insiste y el regreso como acto de reparación.
El regreso y la deuda con la tierra
He pasado buena parte de mi vida fuera: Caracas, Miami, viajes que me forjaron y me dieron herramientas artísticas. Pese a ello había una cuenta pendiente que no podía dejar en la orilla de la vida. Dormir en la misma cama donde mi madre murió, comer junto a la pila donde ella lavaba, volver a caminar los senderos que conocí de niño, fue una necesidad más que una elección. Volver no es sinónimo de fracaso. Volver puede ser la forma más cabal de reconciliarse con uno mismo.
Vallejo y la madre como motivo poético
En la obra de Vallejo aparece la madre como figura central, como herida y como raíz. La pérdida de su madre en 1918 coincide con la gestación de obras fuertes, como Los heraldos negros y posteriormente Trilce. Creo que hay un hilo íntimo que une el destino del poeta y el de quienes emigramos: la ausencia que alimenta la escritura, la nostalgia que se vuelve cántico y cuchillo.
“¿Dónde estarán sus manos que en actitud contrita planchaban en las tardes blancuras por venir?”
Esas líneas no son sólo versos; son la brújula que me trajo de vuelta. Recordar a la madre andina, con su falda de franela y su manto a cuadros, es reencontrarme con la parte más honda de mi identidad.
Mi migración: cómo y por qué volví
Viví más de veinte años en Caracas. Allí aprendí el oficio del restaurador de pianos, di clases, acompañé orquestas juveniles. Pude haberme quedado. Me ofrecieron trabajo, comodidad, vida estable. Sin embargo, la sensación de deuda con mis raíces era más fuerte. Perder a la madre a los cuatro años marca la existencia de maneras que cuesta poner en palabras. La migración fue supervivencia y aprendizaje, pero también una espera.
Volver no fue fácil. Traje pianos, muebles, recuerdos. Vendí un camión que me ayudaba a transportar instrumentos en Caracas para no dejarlos atrás. Los pianos llegaron a Lima y finalmente a Querobamba en camioneta, con peripecias en lugares como Pampa Galeras, donde el frío corta y el motor se detuvo en el amanecer. Todo eso formó parte del tránsito necesario para replantear mi vida aquí.
El piano como compañero migrante
Mis pianos son migrantes conmigo. Tengo varios instrumentos: un piano vertical de abeto y palo de rosa que es mi tesoro, un Kawai japonés, un Thai, un brasileño. Los traje porque la música también merece volver a las tierras profundas. El piano suele verse como un objeto elitista; mi apuesta es convertirlo en herramienta popular. Quiero que los niños de Querobamba toquen, que el piano dialogue con el huayno, con la danza de tijeras, con los cantos del patio.
Me levanto a las cuatro de la madrugada a tocar con sordina. Mi hijo se queja a veces del ruido pero ya se ha acostumbrado. Mi idea es dejar un piano aquí, que se quede con el pueblo, que sea semilla para una nueva generación.
Enseñar y dejar raíces: trabajo con niños
La pandemia limitó los encuentros, pero poco a poco hemos empezado a reunir niños. Hace poco tuvimos quince chicos en una sala modesta, aprendiendo los primeros ejercicios de piano. Mi experiencia con El Sistema en Venezuela me enseñó el valor de llevar la música a barrios y comunidades donde no llega la educación formal. Aquí quiero replicar eso: que los pianos no sean objetos de escaparate sino herramientas de transformación social.
En diciembre prepararemos villancicos en quechua con los niños, vestidos a la usanza andina. Será un gesto de memoria y futuro.
Cultura, democracia y justicia social
Cuando hablo de regresar también hablo de reclamar derechos. Para mí la democracia no es solo alternancia de poder. Es salud, educación, acceso a internet, gas a precios justos, potabilización del agua. En Querobamba faltan médicos, la infraestructura es precaria y la conectividad escasa. Reivindicar las raíces implica también exigir justicia social. No podemos idealizar el regreso si las condiciones materiales lo condenan a ser una nostalgia sin horizonte.
Identidad, orgullo y la lengua que nos nombra
Hay una timidez vergonzante en muchos peruanos a la hora de decir de dónde vienen. Tenemos que quitarnos ese rubor. Llamar a las cosas por su nombre, reconocer quechua, reconocer chanca, reconocer nuestras historias locales, es clave para construir autoestima colectiva. Un pueblo que desconoce su historia camina sin timón. Por eso pongo nombre a mis animales y objetos: Jacinto el gallo, Huáscar el caballo, Pachacútec que me acompaña a cabalgar. Los nombres son rituales que nos enraízan.
Música autóctona y diálogo con el piano
En Ayacucho la música típica incluye el huayno, la danza de tijeras y festividades como el toril. El huayno se toca en tonos menores y está lleno de melancolía y fuerza. Mi desafío es que el piano, instrumento aparentemente ajeno, dialogue con esos géneros. Llevar el piano al campo no es un acto de colonización cultural; es una posibilidad de expresión nueva. Además del piano, trajimos cocina, refrigerador y todo lo necesario para instalar vida en el pueblo, porque volver implica también habitar.
Poema en respuesta a Los heraldos negros
La vida golpea. A veces se quema el pan en la puerta del horno y ese gesto se vuelve metáfora de pérdidas más hondas. Escribí un poema inspirado en ese golpe cotidiano que remitía a la experiencia vallejiana. Un fragmento lo comparto aquí:
“Se me quemó el pan en la puerta del horno ayer, ya la sacaba ya la llevaba a la boca pero se me quemó. Me tocó verterlo en el agua con mi reconcomio a cuestas. Los que no tienen plumas hubiesen celebrado un festín con los segundos precisos antes. Sólo una palabra maltrecha. Ya no estábamos allí. Ahora nos mirábamos cual preciso sabor nos odiábamos con desmesura.”
Ese verso nació en Caracas, en una madrugada de crisis, siendo padre soltero, con un niño enfermo y la certeza de que hay que seguir aunque el cuerpo diga que no. Para mí la poesía es catarsis: escribir me reconcilia, me permite continuar.
Pequeñas grandes comunidades: los compañeros de regreso
En esta comitiva no estoy solo. Hay gatos llamados Tomás y Guaraca, gallos con nombres de rebeldía como Tupac Katari, caballos fieles, y los pianos que se convirtieron en familia. Estos compañeros, aunque no hablen el mismo idioma, crean un entramado afectivo que sostiene el retorno. No olvidemos que las pertenencias más pesadas, como un piano, pueden simbolizar el peso y al mismo tiempo la posibilidad de llevar la identidad consigo.
Reflexión final
Regresar puede ser un acto de valentía. No siempre equivale a renuncia. Para mí fue la forma de cerrar una herida abierta desde la niñez. Volver significa también apostar por el lugar, por los niños, por la música que aún no ha sonado en las plazas. Significa hablar de Vallejo y entender que la ausencia puede transformarse en creación. Y por eso quise traer mis pianos, mis sonidos y mi palabra a Querobamba.
Si algo quiero dejar claro es esto: no desprecies la posibilidad del retorno por miedo o por lo que otros llamen fracaso. Lleva contigo los instrumentos, las memorias y los nombres. Dejemos que la música, la poesía y la memoria trabajen juntas para que las raíces no se pierdan. En la tierra de mi madre encontré la paz que necesitaba para seguir escribiendo, enseñando y soñando.
Para quien quiera seguir este trabajo, pronto habrá clases, villancicos en quechua y presentaciones en donde la palabra y la música dialoguen con la tierra. Que la nostalgia no sea solo dolor, sino materia para crear.
Todo lo antes escrito, lo rescatamos de la participación del Poeta de Querobamba, Edgar Moreyra, en nuestros concursos literarios dedicados al egregio poeta César Vallejo... que a continuación lo podemos volver a disfrutar gracias a nuestro archivo audiovisual.
UDI/FUNHI/JCR
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