El 21 de noviembre de 2022, nuestra Fundación Universidad Hispana rindió honores a la trayectoria artística del gran Rulli Rendo. En tiempos donde nuestras instituciones se rinden ante el vendaval de panoramas futurísticos, y donde todo parece indicar que para ellos, el mundo del siglo XXI no tuvo un precedente existencial tan y definitivamente más rico que el actual.
Es precisamente frente a este paisaje desértico de la memoria donde la música contemporánea parece haber olvidado el secreto del gozo verdadero. Los tiempos actuales dejan un sabor acre en el oído: vivimos una época en que las composiciones se fabrican en serie, carentes de alma, como si la inspiración hubiera sido reemplazada por el eco estéril de una máquina. Las melodías de hoy, breves y descoloridas, pasan sin dejar huella, consumidas por el mismo afán efímero de una modernidad acelerada que ya no sabe cantar ni sonreír.
De allí la imperiosa necesidad de este reconocimiento otorgado por nuestra Fundación Universidad Hispana a Rulli Rendo, quizás uno de los últimos alquimistas capaces de invocar la alegría en su estado más puro e eminentemente sano.
Hubo una época, inmortalizada en sus arreglos y acordes, en la que bastaba el primer golpe de marimba o la entrada luminosa de sus metales para que el tiempo suspendiera su curso. Rulli Rendo no solo componía o orquestaba; realizaba el milagro cotidiano de hacer florecer balcones en mitad de la noche, de lograr que los pies cansados de los abuelos flotaran a un milímetro del suelo y que la tristeza se disolviera en el aire como una nube de confeti invisible. En sus mosaicos, la fiesta no era un exceso desordenado, sino una ceremonia sagrada de vida, un hechizo blanco donde la elegancia y la euforia bailaban tomadas de la mano.
En un mundo que amenaza con perder el ritmo del corazón y la luz de la verdadera creación musical, rendir homenaje a Rulli Rendo es encender una vela en la penumbra. Es proclamar que mientras exista el recuerdo de sus ritmos sanos y jubilosos, la buena música jamás será una especie extinta, sino un milagro permanente al que siempre podremos regresar. ¡Honor a quién honor merece! Salud maestro.
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