En el Perú, la Navidad no solo se celebra con panetón y chocolate: también con presidentes en Barbadillo, ese curioso pesebre penitenciario donde los exmandatarios se convierten en figuritas de colección.
Martín Vizcarra, protagonista de esta escena, parece el narrador involuntario de un retablo tragicómico: un expresidente que alguna vez habló de moral y transparencia, ahora comparte vecindario con quienes juraron lo mismo y terminaron en la misma dirección postal. Barbadillo, más que cárcel, es un museo de la democracia peruana en su versión más irónica: cada celda es una vitrina, cada juicio un villancico desafinado.
El país observa como si fuera una obra de teatro navideña: los reyes magos no traen oro, incienso ni mirra, sino expedientes fiscales; los pastores no llevan ovejas, sino titulares de prensa. Y Vizcarra, en medio de todo, parece repetir su viejo estribillo: “¡Yo no sabía nada!”, mientras las campanas de la ironía repican en cada esquina.
Barbadillo se ha convertido en el verdadero Palacio de Gobierno alternativo: allí se toman decisiones imaginarias, se redactan memorias de inocencia y se ensayan discursos para un público que ya no cree en milagros. La paradoja es que, en este mágico Perú y de sátira política, la Navidad se celebra con presidentes presos, y el protagonista de turno es Vizcarra, quien ahora comparte la cena con la sombra de sus colegas caídos.
Añadir comentario
Comentarios