En el tablero político peruano, las piezas no se mueven: se deslizan como espectros que obedecen a fuerzas invisibles. El anuncio de Hernando de Soto como Presidente del Consejo de Ministros bajo la gestión de José María Balcázar no es solo un hecho político, sino un episodio que parece arrancado de una novela de misterio. El Perú, esa “caja de sorpresas” que nunca deja de reinventarse, vuelve a demostrar que la historia aquí no se escribe con tinta, sino con presagios.
El abuelo y el sabio
Balcázar, en el tramo final de su vida política, aparece como el “abuelo de la nación” que decide ordenar la casa antes de partir. De Soto, el economista que alguna vez aconsejó a Fujimori en los pasillos del Caracas Hilton, donde tuve la suerte de conocerlo en el marco de la "V Cumbre Presidencial Andina", (foto superior) cita a la que le prohibió el congreso peruano acudir y que se vio representado por Susana Higuchi, en aquel entonces consorte oficial de Alberto, que seguramente iniciaba su furia anticongreso, implosionada luego, el 5 de abril del 92 con el famoso Fujimorazo.
Alli, don Hernando tras abordarlo me dijo, eso de don y doña es clásico del Caribe, fíjate que a mí me hace sentir más viejo, así que mejor tuteame y haz las preguntas que tengas que hacer. Por aquellos años ya su libro "El otro Sendero" había trascendido no solo en el Perú sino y sobretodo en el exterior. De manera que fue una entrevista cargada de mucho optimismo, principalmente económico para un Perú que el primer gobierno Aprista había dejado literalmente en la ruina. ¿Y tu vives aquí?, me dijo, ¿o estás de pasada?. Si resido aquí producto del apremio económico al cual condujo Alan García con sus peroratas.
Todo este momento regresa como un fantasma del pasado y se convierte en arquitecto del presente. Dos hombres mayores, en esta ocasión De Soto y Balcázar, sin deudas con el futuro, se encuentran para rendir cuentas únicamente a la historia. En este cruce de destinos, la política deja de ser un campo de batalla y se convierte en un espacio de reconciliación con el tiempo.
Los símbolos que se agitan
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El fin del fantasma del manoseo estatal: como si un exorcismo hubiera tenido lugar, la designación de De Soto promete disipar los temores de que el Estado sea botín o herramienta de adoctrinamiento.
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Blindaje contra el populismo: la figura internacional de De Soto se erige como un muro invisible, un conjuro que protege a las instituciones de la captura ideológica.
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De la ideología a la propiedad: la informalidad, ese monstruo que habita en cada esquina del país, podría finalmente ser enfrentado con títulos y crédito, transformando la lucha de clases en capitalismo popular.
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Estabilidad por agotamiento de ambición: la edad, que en otros contextos es fragilidad, aquí se convierte en virtud. Sin proyectos de poder a 20 años, las decisiones pueden tomarse mirando las cifras y la Constitución, no las encuestas.
El Perú como escenario mágico
En este país donde los presidentes caen como hojas secas y los congresos se multiplican como espejismos, la alianza Balcázar–De Soto parece un pacto con lo sobrenatural: un intento de detener el tiempo y ofrecer un oasis de pragmatismo, una cantimplora en el desierto. La política, tantas veces dominada por la “testosterona” del poder, se transforma en un acto de senectud serena. Como si los relojes se detuvieran, el Perú podría vivir cinco meses de madurez política, un breve paréntesis donde el Estado deje de ser amenaza y se convierta en facilitador. Casi un Paniagua pero sin aquel "pan y agua" literal que se vivió tras la caída de Alan y su alanismo, o tras la caída de Fujimori y su montesinismo.
Reflexionando en voz alta
Quizá, dentro de unos años, los cronistas escriban que el hombre que llegó por azar se fue como estadista. Que el Perú, en un instante mágico, encontró en la vejez la fuerza para ordenar su destino. Y que, por una vez, la historia no fue tragedia, sino reconciliación.
Amanecerá y veremos, entre tanto: ¡Viva el Perú!
FUNHI/UDI/JCR
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