Nueva York, año 2031. No sé si aún estoy vivo o tal vez muerto, pero de alguna manera estoy. La ciudad ya no dormía. No porque estuviera despierta, sino porque había olvidado cómo soñar. Y yo que soy un soñador, ya se pueden imaginar cómo estaba.
Desde que Zohran Mamdani asumió como alcalde, una niebla espesa comenzó a cubrir Manhattan cada noche. No era bruma común: tenía olor a cobre, a papel quemado, a himnos rotos. Los mariners americanos patrullaban las calles con linternas que no iluminaban nada. Decían que era por seguridad, pero los viejos del Bronx sabían que era por miedo. Se me vinieron a la mente imágenes del Museo de Louvre en París, con soldados cargando armas de guerra, inmensamente sofisticadas, patrullando la ciudad. Días antes tras el inicio del siglo XXI se había producido un atentado terrorista de gran magnitud. Y yo intentando pedirle una foto a uno de los soldados, sin estar tan enterado de su negativa absoluta. Ya eran tiempos de internet pero aún incipientes y para colmo de males, mi francés brillaba por su ausencia de comprensión.
En Harlem, los relojes se detenían a las 3:33 cada madrugada. En Queens, los espejos mostraban rostros que no eran tuyos. En Brooklyn, los niños nacían con los ojos abiertos y la boca cerrada. Y en el Central Park, los árboles susurraban nombres de dictadores muertos.
Todo comenzó con un discurso. “Donald Trump, ya que sé que me estás viendo, sube el volumen”, dijo Mamdani. Y el volumen subió. No solo en los televisores, sino en las calles, en los corazones, en los archivos secretos del Pentágono. La ciudad que lo vio nacer se convirtió en la ciudad que lo invocó.
El Ritual
Una noche, en el sótano del antiguo edificio de inmigración, un grupo de exiliados caribeños —cubanos, colombianos, venezolanos, nicaragüenses— se reunieron. Llevaban mapas, velas, y una grabación del discurso de Mamdani. Querían hacer un conjuro. No para invocar al comunismo, ni al capitalismo, sino al equilibrio.
Pero algo salió mal.
La grabación se distorsionó. La voz de Mamdani se mezcló con la de Trump. “Tenemos que elegir entre el comunismo y el sentido común”, dijo una voz que no era de este mundo. Y entonces, la niebla se volvió roja.
Una vez más volvieron imágenes del pasado caribeño a mi frágil y confundida mente, que andaba atando cabos y decodificando mensajes subliminales. Una sesión similar aconteció en un extraño edificio caraqueño, en pleno centro de la ciudad, convocada por un sacerdote español hacia un grupo de residentes académicos venidos de países bolivarianos como, Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia. El bíblico amigo cargaba mapas, velas y un grabador portátil en el que decía tener la grabación del mensaje de un comandante que hasta ese momento nadie lo conocía. Quiso hacer un conjuro litúrgico al presentarlo como un salvador de la patria, a todos los que habíamos sido convocados a la especie de Guija que vivíamos, donde paradójicamente un sacerdote era el que invocaba al comunismo, sin el más mínimo equilibrio.
Pero igual, algo salió mal, porque no todo es perfecto, menos cuando un supuesto "teo" resulta ser ateo.
Se fue la luz y todos los allí presentes, casi al unísono, susurramos: ¡Dios! otros ¡Dios mío!
Y entonces, la luz se hizo en velas que terminaron de alumbrar y de alguna manera anunciar el futuro para nada promisorio que se venía llegar en forma de tormentas a tierras llaneras.
El Despertar
Los regímenes ahogados del Caribe comenzaron a soñar con Nueva York. En La Habana, los murales de Martí lloraban sangre. En Caracas, los apagones mostraban sombras que caminaban solas. En Bogotá, los cerros se llenaron de ojos. En Managua, los volcanes susurraban en inglés.
Todos miraban hacia Manhattan. Todos esperaban que Mamdani fallara. Todos sabían que si fallaba, Trump volvería. Pero nadie sabía que Mamdani ya no era Mamdani.
El Otro
Una periodista descubrió que el alcalde no tenía reflejo. Que su firma cambiaba cada semana. Que hablaba en sueños con acentos distintos. Que en su despacho había una puerta que nadie podía abrir.
La puerta tenía un símbolo: una estrella invertida con las iniciales ICE. Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Y detrás de ella, se escuchaban gritos. Gritos de niños. Gritos de patrias.
Una madrugada, la niebla se tragó Times Square. Los mariners desaparecieron. Trump apareció en cadena nacional, pero su rostro estaba pixelado, como si fuera una máscara. Y Mamdani, desde la cima del Empire State, dijo: “Si alguien puede mostrarle a una nación traicionada cómo derrotar a su sombra, es la ciudad que la parió”.
Entonces, la ciudad despertó. Pero ya no era Nueva York. Era Macondo York. Y nadie volvió a dormir, mucho menos a soñar.
Zombi
Descubrí la razón por la que mis ojos eran como de "cartoon pixar". La causa era muy sencilla, en verdad era un zombi literal y como los zombis nunca duermen, andaba en un constante estado cataléptico, de manera que no me asustaba ante nada, al contrario, me habituaba a mi nueva forma, amorfa, de ser lo más alegre posible, pues si de algo debía estar alegre, era de no necesitar más de andar laburando para conseguir los alimentos, porque en mi nuevo estado zombi cataléptico ya el hambre no existe, ya no hay razones para sufrir. Me era indiferente andar sintiendo lástima por nada, menos por mi mismo. De pronto sentía mi mandíbula más suelta que de costumbre, tanto que la gente me observaba y al mirarme hacían los mismos gestos que yo, es decir, reían. Pero en mi caso era distinto, mi mandíbula se movía sola, casi por inercia y todo el mundo me daba por ser un tipo extremadamente alegre, cuando en el fondo era triste, tan triste como para aceptar que todo esto sea cierto.
Y desperté
Y desperté, desperté porque en verdad os digo, ya Trump ha vuelto. Ya en su despacho la puerta luce el símbolo de la estrella invertida. Y detrás de ella, se escuchan gritos. Gritos de niños, de mujeres. Gritos de patrias. Como también se escuchan en Caracas, detrás de la puerta de Maduro, allá en el Palacio de Miraflores, no de extranjeros, sino de compatriotas buscando un pedazo de pan donde sentarse. Y pongo una vez más la balanza existencial y digo: cuál de estos susurros, cuál de estos gritos detrás de estas puertas norteamericanas, caribeñas, son menos atroz, o más espeluznante. La respuesta no es sencilla, ambos llevan su carga de maldad y de bondad. Pregunto ¿no será posible llegar a un equilibrio existencial? O será que para que haya alguien que este vivo en este mundo, disfrutando su existencia, son necesarios no uno sino muchos que anden pasándola mal, a punto de morir, literalmente sobreviviendo. Amanecerá y veremos.
JCR
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